12 diciembre 2017

Muerta en vida: Bajo la piel de un “príncipe azul”


Capítulo 1: Bajo la piel de un “príncipe azul”

Mujer víctima de violencia de género, imagen vía ABC.es

Ángela (nombre ficticio) ha decidido contar a Aclad sus vivencias como víctima de violencia de género. Su finalidad es clara: “Quiero ayudar, en la medida de lo posible, a todas aquellas mujeres que están sufriendo un auténtico calvario, el mismo por el que he pasado yo”, afirma con convicción.

Al inicio de la conversación transmitía una actitud hermética. Parecía llevar consigo una coraza, con la que protegerse de sus aún patentes miedos. Tras recibir indicaciones sobre este reportaje, realizado bajo el más riguroso anonimato y respetando sus condiciones, de forma paulatina, no quedaba ya nada de aquella persona con carácter aparentemente férreo y distante que apenas 20 minutos antes había entrado por la puerta…

“Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”

Ángela comenzó la relación con su exmarido Diego (nombre ficticio) a los 21 años. “Era una persona encantadora, muy romántica y detallista: como un príncipe azul”, explica con detalle. La protagonista tuvo un noviazgo de cuatro años con este hombre. “Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”, afirma con rabia. Su pareja no la dejaba sola ni un instante, algo que a su familia le agradaba. “Qué buen yerno voy a tener, siempre pendiente de mi hija”, comentaba con frecuencia su padre; puesto que Ángela describe que Diego “era muy protector”. Ella estudiaba en la universidad y los fines de semana trabajaba de camarera, para así poder ayudar con los gastos de casa. Su novio permanecía en el bar de copas hasta el cierre y, a continuación, la acompañaba hasta su portal.

Con el paso del tiempo, sus amigas le dijeron que la notaban rara: vestía de forma más recatada, ya no era tan dicharachera y siempre daba largas a la hora de quedar para dar una vuelta o tomar algo… “Un día me preguntaron por el motivo de mi enfado”, confiesa. Pero la realidad era que no existía enojo alguno hacia ninguna de ellas, sino que Diego la aíslo completamente de todo su entorno y, también, la dijo en varias ocasiones que no vistiese tan extravagante porque parecía una furcia. “Solo me quería para él y ese comportamiento lo veía como una muestra de puro amor: de esos de película. Ahora es cuando me doy cuenta de todo lo que ha llegado a manipularme”.

La capacidad de transformar los “síes” en “noes”

Tras casi cuatro años de noviazgo decidieron irse a vivir juntos. Ángela ya había finalizado su carrera y encontró un trabajo relacionado con sus estudios. La empresa optó por realizarle un contrato indefinido, noticia que Diego no recibió con el júbilo que ella esperaba. “Fui corriendo a contarle la gran noticia pero, sin apenas escuchar todas las condiciones, me dijo que rechazara la propuesta porque con los ingresos que él generaba nos sobraba para vivir de forma airosa”. Él le argumentó que siempre habían soñado con tener hijos, por lo que si ambos trabajaban iba a ser complejo compaginar la vida familiar con la laboral. Asimismo, incidió en el hecho de que su jornada implicaba estar mucho tiempo fuera de casa y, como consecuencia, terminarían coincidiendo únicamente al final del día. Diego insistió en que era su reina y quería que viviera como tal. La protagonista reconoce que su novio era tan convincente y tenía tal poder sobre ella que era capaz de transformar sus “síes” en “noes” en cuestión de minutos. Su familia no comprendió tal decisión, máxime cuando el sueño de Ángela siempre había sido ejercer en algo relacionado con su titulación… Este hecho generó disputas, sobre todo con su madre, quien comenzó a desaprobar la actitud de su “yerno”. Veía que existía una relación “tóxica” y describía a su hija como “una marioneta que no era capaz de discernir, por sí misma, cómo tomar las riendas de su vida”. Ésto llegó a los oídos de Diego y fue tal su enfado que esos comentarios generaron un punto de inflexión en la armoniosa relación que mantenía con su familia política. “A partir de ese momento, siempre ponía trabas cuando le proponía visitarles. Ahora caigo en la cuenta de que me apartó de manera premeditada de ellos”, narra mientras comienzan a aflorarle lágrimas de sus ojos.

Al poco tiempo, Ángela se quedó embarazada. No tenía que guardar reposo alguno, puesto que todo marchaba bien; aún así apenas salía de casa en todo el día. Se dedicaba a realizar las labores del hogar; pero siempre estaba sola. En pocas ocasiones se puso en contacto con sus padres y hermanos, todo por miedo a represalias por parte de Diego… Un día la escuchó hablando con su madre y fue tal su enfado que la quitó el teléfono de las manos y colgó. “Se puso histérico y comenzó a dar puñetazos a la pared y a decirme que no le quería, que cómo podía seguir en contacto con una mujer que trataba de romper nuestra relación”.

Pese a su agresividad, desde que comenzaron su noviazgo, no le puso la mano encima en ninguna ocasión. Todos los hechos vividos se podrían catalogar como lo que los expertos denominan episodios de maltrato psicológico: chantajes, control, amenazas…

“Mi reina, no volverá a pasar…”

Los meses transcurrieron rápidamente y su pequeña Laura (nombre ficticio) llegó al mundo. Durante los primeros tres años la niña fue un motivo de ilusión y unión para la pareja, hasta que un día se produjo un suceso que cambió el rumbo de los acontecimientos… Cayó la noche y, como era habitual, Ángela estaba esperando a que Diego llegase de trabajar. Tenía todo a punto: la cena en la mesa y a Laura ya acostada. En esta ocasión, su habitual puntualidad brillaba por su ausencia. Optó por llamarle, pero su buzón de voz saltaba continuamente. “Comencé a preocuparme… Era casi la una de la madrugada y él siempre, ante cualquier imprevisto, me avisaba de que iba a llegar tarde. Se me ocurrió contactar con su compañero de trabajo, cuando de repente Diego apareció por la puerta.

 

Tras la respuesta, él le quitó el móvil de las manos y con amabilidad, e incluso entre bromas, se despidió de su compañero. Todo parecía normal, pero lo “inhumano” estaba aún por llegar… Al colgar, Diego comenzó a gritar como un energúmeno: “¿Qué pasa?, ¿has aprovechado que no estaba en casa para intentarte tirar a Félix “el soltero de oro” ?, ¿yo no te doy todo lo que tú quieres? Contesta, puta golfa…”. Ángela intentó explicarle lo acontecido, pero él no escuchaba e iba elevando su voz cada vez con mayor intensidad. De repente, la agarró con una fuerza descomunal del brazo, la empujó y fue tal la energía que brotó de su corpulento cuerpo que la tiró al suelo. La protagonista de este testimonio le pedía perdón incesantemente. “No sabía qué hacer, me bloqueé. Pensaba que llegados a esa situación su cólera había terminado”. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que empezó a darle patadas en el costado, mientras le escupía y llamaba guarra. De repente, Laura se puso a llorar. Diego levantó a su pareja tirándola del pelo, sin el más mínimo escrúpulo, y la condujo a la habitación de la pequeña gritándola: “No vales ni para cuidar hijos. Eres una inútil”.

Acto seguido, se fueron a “dormir”, aunque Ángela no logró conciliar el sueño en toda la noche. Sus ojos permanecieron abiertos como platos. Se encontraba en shock, en estado de alerta… El tiempo transcurría tan lentamente que los segundos parecían horas, como que las agujas del reloj se hubiesen parado…

Finalmente, sonó el despertador. “Yo decidí hacerme la dormida. Lo curioso es que él, como cada mañana, se dio media vuelta y comenzó a abrazarme y a darme besos como que no hubiese sucedido nada…”, afirma entre suspiros.

Ángela continuó petrificada, no se atrevía a mirarle a los ojos. Sentía una mezcla de dudas, miedo, impotencia… Sin pensárselo dos veces, se levantó de la cama y le preguntó: “¿Qué te pasó ayer, por qué me pegaste?”. Él caminó lentamente hacia ella, sostuvo con delicadeza sus manos y con mirada de arrepentimiento le dijo: “Estabas tonteando con Félix y sé que ese tío siempre te ha parecido atractivo. Mi reina, no te enfades, entiéndeme… Sabes que no quiero perderte. No volverá a pasar”, concluyó con una leve sonrisa en su rostro y dándole un beso en la frente.

“Si le denunciaba, pensaba que mi hija nunca me perdonaría haber metido a su padre en la cárcel”

Por desgracia, sus palabras cayeron en saco roto… Con el paso del tiempo, la situación no se recondujo, sino que el ambiente cada vez se presentaba más turbio. Los insultos se normalizaron en el día a día. “Me llamaba zorra, guarra, me decía que no valía para nada, que era una vergüenza, que no sabía ni cocinar…”, detalla la protagonista. Y esas faltas de respeto ya siempre iban acompañadas de golpes, empujones, patadas, bofetadas… “Yo, al principio, cuando empezaba a alterarse trataba de calmarle, pero me di cuenta de que dijera una cosa u otra el efecto era el mismo; por lo que opté por callarme y aguantar lo que me viniera”. Y es que Ángela estaba convencida de que ella tenía, en gran parte, la culpa de lo que estaba sucediendo y, por ello, justificaba el comportamiento de la que en ese momento era su pareja.

Los días no transcurrían “en balde”. Las heridas visibles y las no tan perceptibles la iban pasando factura. Cada vez estaba más delgada no le apetecía comer y, como consecuencia, carecía de fuerza física. También, el hecho de no poder desahogar su angustia y contar su situación a alguien le confería un plus de inestabilidad. “Hubiese sido muy fácil coger el móvil y llamar a algún familiar o amigo para pedir ayuda, pero me daba vergüenza. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación? No quería que nadie se enterase”.

Denunciar no entraba, ni por asomo, en sus planes. “¿Cómo iba a hacer eso? El día de mañana, mi hija nunca me perdonaría el haber metido a su padre en la cárcel”, explica la entrevistada quien añade que “no tenía nada ni a nadie tampoco para separarme, ¿de qué iba a vivir? Sin trabajo, sin hablarme con mi familia, sin casa…”. Ángela comenzó a sentirse mal en el transcurso de la entrevista, sus lágrimas se convirtieron en sollozos y empezó a hiperventilar. Aseguró encontrase bien para continuar con su testimonio, por lo que tras beber un poco de agua prosiguió…

(Continuará)

 

 

 

 

 




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