27 enero 2014

La Casa de los Prodigios está en las Delicias


Sobrevive con menguantes recursos públicos el único centro que atiende a enfermos graves de sida que no pueden valerse solos

A poco de iniciar la subida hacia el Zambrana desde Canterac aparece a la vista un discreto muro blanco, con una puerta metálica negra. Más allá se encuentra la Casa de los Prodigios. Quienes la cruzan lo hacen como despojos humanos, en cuerpos carcomidos por años de deterioro, incapaces de valerse por sí mismos. 283 personas han accedido a su interior en esas condiciones desde que en 1996 empezara a funcionar. Cadáveres ambulantes sin horizonte, en espera de un inminente final. Pero tras unas semanas de tratamientos médicos regulares, vida ordenada, y atención personal, reaparece la persona que se escondía bajo un saco de huesos. Son los prodigios del centro de acogida Miguel Ruiz de Temiño, más conocido como Casa del Sida. Prodigios limitados, porque aquí la victoria es siempre provisional. Pero ver reaparecer la luz al fondo de una mirada antes opaca y sombría es una experiencia de las que dejan huella. La prueba de que siempre hay margen para la esperanza.

Lo explica Elena Rincón, de 22 años, que desde septiembre hace prácticas de Integración Social en la casa. «He visto grandes cambios a mejor de los internos. Y eso es personalmente muy gratificante. Yo colaboro con otras actividades de Aclad (la asociación de apoyo a los drogodependientes promotora de la casa) y en ésta es donde se ven más claramente las mejoras».

Cuando El Norte visita el centro encuentra a Elena preparando con los internos una entrevista para una publicación propia. No son gente fácil de motivar. «Suelen estar muy decaídos, aunque se entiende. De entrada no les apetece hacer casi nada, pero cuando logras convencerles se olvidan un poco de su situación, que es lo más importante. Verles sonreír, aunque sea un poco, es lo que me motiva y lo que me hace venir aquí todos los días».

José Antonio es uno de los pacientes. Es de Mansilla de las Mulas y ha llegado al centro derivado desde la prisión. Verle ahora, ya estabilizado, todavía impone, porque se perciben las huellas de una vida de dramas y desórdenes. Como la mayoría de los que acuden al centro, y la mayoría de los que sufren la enfermedad, el sida fue un compañero no deseado de su drogodependencia. Pese a todo, ahora está agradecido. Es consciente de que lo peor ha pasado. «Estar aquí me ha servido para arreglarme un poco», resume con sorda socarronería. Antes de su «arreglo» estaba al borde del abismo, mirándole a la muerte cara a cara. Hoy puede presumir de haberle dado esquinazo. Al menos por el momento.

Porque la muerte es una compañera habitual e inevitable en la Casa del Sida. Cuando El Norte se acerca a visitarla, acaba de fallecer un interno y otro se encuentra en estado terminal. Pese a los cuidados y atenciones, fallecerá en breve. Pero no de sida, sino de cáncer. De Sida ya no muere casi nadie, gracias a un providencial coctel de medicamentos que ha cronificado una enfermedad antes devastadora, pero que no impide que los efectos colaterales de unas vidas degradadas acaben aflorando.

Cuando la Casa de los Prodigios empezó a funcionar, en el año 1996, los enfermos de sida «morían a chorros», en gráfica expresión de la presidenta de Aclad, María Gutiérrez Cortines. El sida era entonces una emergencia social. En el centro de las Delicias se acostumbraron a convivir con un ritmo de defunciones pavoroso: una al mes sobre una población máxima de once pacientes. Hoy ya es sólo de una muerte, o dos como máximo, al año. Aún así, es una presencia inseparable.

Con todo, el verdadero prodigio de la Casa del Sida no es el trabajo diario que hacen con los enfermos. El verdadero milagro es que la casa siga abierta, prestando un servicio social para el que no existe alternativa, pese a los sucesivos recortes que ha sufrido en las subvenciones públicas que permitían sostenerla.

Y en ese milagro juegan un papel capital las Hijas de la Caridad, una orden religiosa que en los años ochenta decidió volcarse en la atención a los enfermos de sida y que es la que gestiona la Casa de Valladolid, conjuntamente con Aclad. Las monjas no sólo residen allí permanentemente, con lo que ello supone de ahorro de personal, sino que solo dos de ellas cobran por su trabajo –otras dos son voluntarias– y para colmo colaboran en el sostenimiento del proyecto con donaciones de la propia orden. «Somos así, de meternos en los fregados. No sabemos andar en llano», explica Mercedes Iturralde, la directora del centro, en referencia a su orden. «Siempre hemos tenido como carisma los más pobres, y la gente que se queda a las orillas de la carretera. Nuestro fundador, San Vicente de Paul, nos dijo que teníamos que dedicarnos a apagar los fuegos». Y se lo toman literalmente. Tanto que es gracias a su dedicación que el proyecto se mantiene en pie, pese a los alfileres presupuestarios que lo sostienen.

En su momento el centro llegó a recibir ayudas públicas de más de 200.000 euros que hoy se han visto reducidas a casi la mitad. Pese a los recortes, la Dirección de Salud Pública de la Junta sigue siendo la que más aporta: aproximadamente 100.000 euros que salen de un paquete más amplio de ayuda a Aclad que financia no solo este centro sino todo el resto de actividades de prevención de la drogodependencia que desarrolla la asociación.

A esa cifra hay que añadir 19.000 euros del Ministerio de Asuntos Sociales a través del IRPF, una cantidad que se ha reducido un 70% en los últimos años. Los internos colaboran con los gastos con el 75% de sus ingresos, pero eso no da para mucho: en 2013 fueron 20.000 euros. Y otros años menos. El resto, hasta 250.000 euros de coste real del centro, se cubre con donaciones particulares económicas y materiales (alimentos, medicamentos y otros productos) que permiten que la Casa de los Prodigios de las Delicias siga a flote. Contra todo pronóstico. «Con los números en la mano la Casa debería estar ya cerrada, pero nos hemos esforzado por mantenerla abierta», explica Luis Iglesias el director adjunto de Aclad «Y eso que es un recurso baratísimo comparado con lo que costaría atender a esas personas en un hospital».

Si la administración pretendiera montar un centro semejante le saldría mucho más caro, evidentemente. Pero incluso si quisiera concertar con otros centros privados la atención a los enfermos les costaría mucho más. Atender a un paciente de este perfil en un centro asociado puede suponer unos 3.000 euros al mes. En total unos 400.000 euros al año para una residencia de 11 plazas. Pero la crisis no sólo la sufre la Casa del Sida por la vía de los recortes propios, sino que también le afectan los recortes ajenos. «Están aumentando las solicitudes que nos llegan de los Centros de Acción Social y hospitales para que atendamos a personas que tienen un problema más social que médico», explica Mercedes Iturralde.

Dada su limitación de plazas, el centro ha optado por acoger solo a los casos más extremos. Ello supone que deben cumplir dos requisitos. Por un lado estar en un estadio avanzado de la enfermedad, el C3. Por otro, no tener apoyos familiares o sociales, porque algunos de esos pacientes podrían vivir solos si tuvieran garantizada una vida ordenada y una toma regular de las medicaciones. En algunos casos, bastaría un servicio de atención domiciliaria para asegurar eso, y es lo que, al parecer, ahora empieza a echarse en falta. Pero los que llegan al centro de las Delicias no están en esa situación. Suelen tener daños psicológicos y en algunos casos no pueden salir solos a la calle porque hay riesgo cierto de que no sepan volver. Y su deterioro físico requiere una atención continuada y regular.

«Los enfermos van empeorando y necesitan más, y sin embargo la ayudas se van rebajando», explica Mercedes Iturralde. Hasta la compra de una silla de ruedas eléctrica para un interno se convierte en un obstáculo que hay que saltar. «Aquí se hace un trabajo muy duro en unas condiciones muy precarias», explica María Gutiérrez. En la Casa de los Prodigios nada es sencillo. Pero la batalla que se libra a diario es una batalla por la dignidad del hombre. Y en nombre de los caídos.

Noticia de El Norte de Castilla http://www.elnortedecastilla.es/20140118/local/valladolid/casa-prodigios-esta-delicias-201401181733.html




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