Mujer


7 agosto 2018

Los mediadores juveniles de Épsylon acudirán a la localidad palentina de San Llorente del Páramo


Salida realizada gracias a la colaboración de la Diputación de Palencia



8 mayo 2018

El Ayuntamiento de Palencia renueva su convenio de colaboración con Aclad


La Concejalía de Servicios Sociales de la capital palentina ha suscrito esta semana una ayuda con tres asociaciones de la ciudad por un valor global de 24.500 euros, de los cuales 2.550 irán destinados a nuestra entidad

El Ayuntamiento de Palencia renovó ayer su convenio anual de colaboración con Aclad, por una cuantía de 2.550 euros.

La finalidad del Consistorio es colaborar con el mantenimiento de la sede de esta asociación, así como con los diversos programas de prevención e intervención con personas drogodependientes, mujeres que ejercen la prostitución o jóvenes de la localidad que se hallan en espacios de ocio y fiesta, entre otros.

En 2017, se han atendido a un total de 1.599 personas correspondientes a seis dispositivos diferentes: LUA (137), Centro Específico de Primer Nivel (206), Programa de atención a personas privadas de libertad, con problemas de drogodependencia (135), Centro de Referencia a nivel legal (65), eXeO (951) y Educan 2 (105).

Os facilitamos los enlaces a algunos de los medios de comunicación que se han hecho eco de la noticia:

24.500 euros para lucha contra las drogas en Palencia

El Ayuntamiento ha renovado los acuerdos con Arpa, Aclad y Deporte y Vida.

 

Apoyo al tercer sector con 24.550 euros

El Ayuntamiento firma tres convenios de colaboración con otras tantas entidades del tercer sector centradas en la lucha contra las drogodependencias tales como ARPA, ACLAD y Deporte y Vida, por un valor global de 24.550 euros.

                         

El Ayuntamiento renueva sus convenios de colaboración con ARPA y ACLAD

Las entidades sin ánimo de lucro trabajan por la prevención del consumo de drogas y prestando ayuda a drogodependientes.



24 abril 2018

“Una de las estrategias de maltrato psicológico más potentes y devastadoras es negar lo que te está sucediendo, minimizarlo o culpabilizarte por lo ocurrido”


Aclad ha entrevistado a una psicóloga experta en violencia de género, María Luisa Fraile Dorda, para reflexionar acerca de algunos de los aspectos psicológicos que se hallan tras esta tremenda lacra social

Un hombre vocea a su pareja./osegredo.com.

Un total de diez mujeres han sido asesinadas en lo que va de año, en manos de sus parejas o exparejas… Asimismo, el Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género (Sistema VioGén) monitoriza a 54.454 casos de violencia machista, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad a fecha de enero de 2018. Entre ellos, diez tienen un nivel de riesgo extremo, 200 poseen un peligro alto.

Del total del número de víctimas contabilizadas que se hallan monitorizadas a través del Sistema de Seguimiento Integral (Sistema VioGén), cabe destacar que 741 son menores de edad (de 14 a 17 años). El rango de edad predominante son mujeres de 31 a 35 años. En concreto, en ese intervalo de edades hay  24.120 casos activos, lo que representa el 44, 3 por ciento de la totalidad.

Por desgracia, no se pueden contabilizar todos los casos de violencia machista existentes. Muchas mujeres están viviendo un auténtico calvario, pero que no denuncian por razones muy dispares: miedo, dependencia económica, chantajes, falta de pruebas…

¿Por qué no disponen de pruebas necesarias para poder incriminar a su agresor? Lamentablemente, no toda la violencia deja rastro; de ahí que nos encontremos ante casos de mujeres que llevan años aguantando el tremendo yugo del maltrato y nadie de su entorno se ha percatado de este hecho.

Aclad ha querido profundizar más en este tema y, para ello, ha entrevistado a una psicóloga experta en violencia de género, María Luisa Fraile Dorda.

El modelo de amor romántico

El concepto de amor romántico, reflejado en nuestro día a día, es la idea de dominio y sumisión sobre la mujer. Se habla del príncipe azul que te va a querer para toda la vida. “Yo soy todo para ti, tú eres todo para mí y fuera de esa unión no hay nada”, afirma la psicóloga experta en violencia de género, María Luisa Fraile Dorda, quien recalca que “nos encontramos ante el riesgo de violencia de género más gordo, ya que en el momento en el que exista una tercera persona o cosa que invada el espacio creado por la pareja (trabajo, amigos, familia, mascota…) va a aparecer un sentimiento de desplazamiento, rechazo o abandono”.

Fraile Dorda explica a nuestra asociación el origen de la violencia en la pareja a través de una pirámide ficticia. En la base estarían las ideas, las creencias y los valores que sustentan toda nuestra herencia, en la cual el hombre domina a la mujer. En la cúspide podemos encontrar la agresión. Si se pierde de vista la posición de dominio/ sumisión, y no existe otro recurso, se emplea la violencia como ‘modus operandi’; siendo la agresión el último medio de proceder.

Hay que destacar que el dominio también se puede conseguir de “manera dulce”. María Luisa Fraile afirma que un claro ejemplo son algunas de las canciones de amor existentes en la actualidad, muchas tienen en común el reproche, la culpabilidad… Son una muestra de cómo se conforma el hilo de nuestro pensamiento.

“Si escuchas atentamente la letra, las mujeres tenemos la culpa de todo, hasta de que los hombres se enamoren de nosotros. No hay sangre, pero las palabras te hacen sentirte mal”, detalla. Por lo tanto, el hombre utiliza tu malestar y tu sentimiento de culpa para colocarte en una posición de inferioridad respecto a él. Esto es lo que se denomina violencia psicológica: un tipo de agresión pasiva.

Distorsión de pensamiento de la víctima

Inicias una relación y, al principio, puede haber algún insulto, empujón o incidente abusivo. Si rompes en este momento, la historia ha terminado. Pero, muchas mujeres piensan: “Qué empujón me ha dado, vaya comentario más feo; pero yo también soy muy bruta”, “mi marido venía cansado del trabajo, porque tiene mucho estrés y, ¿cómo no va a comportarse así? Encima tiene el mismo carácter que su padre”. De algún modo, empiezas a justificar su comportamiento abusivo y a fijarte en sus aspectos buenos, ya que en el fondo tienen comportamientos de agresivos, otros positivos y también alguno regular. Entonces tu mente comienza a elaborar su propio discurso: “Bueno, tampoco ha sido para tanto la bofetada. Es un chico muy majo, trabajador, buen padre… Quizás esté exagerando…”. En ese instante es cuando tragas lo que te ha sucedido, lo digieres y continúa la pelota. Estamos ante una distorsión de pensamiento en la víctima. Ella intenta justificar el episodio agarrándose en cualidades positivas que él tiene.

Cuando la relación avanza, las estrategias de maltrato son tan potentes y efectivas que, de algún modo, la distorsión del pensamiento cambia. Empiezas a culparte por no saber cómo tratarle, de tal forma que la diana del maltrato psicológico es tu autoestima y ésta cada vez se debilita más.

La culpabilización

Tienes dificultades para conocer la realidad. “Una de las estrategias de maltrato psicológico más potentes y la más devastadora es negar lo que te está sucediendo, minimizarlo o culpabilizarte por lo ocurrido”, sostiene la psicóloga experta en violencia de género.

Servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género. /msssi.gob.es

Cuando las víctimas creen tener la culpa de haber recibido una paliza, sus justificaciones son dispares: “Estaba borracho y se enfadó porque no había hecho la cena. La verdad es que tenía razón, si lo hubiera tenido todo a punto no hubiera ocurrido…”. Ante esta situación, María Luisa Fraile trata de que sus pacientes reflexionen: “Si tú hubieras hecho la cena él podía haber pensado que la comida estaba sosa, que hiciste lenguados y derrochas, porque podías haber puesto pasta o que no le has preparado su plato favorito”.

En definitiva, siempre puede haber cualquier inconveniente en la vida cotidiana interpretado como una prueba a tu nulidad como persona y que desencadene en un ataque o en una agresión por lo sucedido.

“Si tú eres mi pareja y se te ha quemado la cena, puedo enfadarme porque me he quedado sin pizzas, por ejemplo, pero el enojo se soluciona pidiendo la comida a domicilio o invitándote a cenar por ahí. La violencia es una opción de comportamiento”, incide.

El aislamiento

Otra de las estrategias más potentes de maltrato psicológico es el aislamiento, la mayoría de las veces acompañado del control. Él normalmente hace que tu relación con tu familia sea mala. Generalmente él no tiene amigos ni amigas y tu libertad de movimientos a la hora de salir y de hacer actividades suele ser muy reducida también. Hay chicas que tienen novios que se levantan para acompañarlas cuando trabajan a turnos. Se piensan que están enrolladas con algún compañero de trabajo, se acercan a ver qué hacen, amenazan a sus compañeros, contabilizan los kilómetros del coche, le espían su móvil…

“No sirves para nada”

Las mujeres pierden su autoestima hasta el punto de pensar que hacen absolutamente todo mal y que no sirven para nada. Nos hallamos ante una maniobra psicológica devastadora. En ellas predomina la negación del maltrato y la culpabilización. Dudan de su propio criterio.

Y, funciona otro factor que es el miedo, sobre todo cuando hay violencia física de por medio. Esta sensación de alerta y angustia provoca una activación del sistema nervioso autónomo. Viven en un estado de tensión continuo. Por eso, muchas tienen como consecuencia enfermedades ligadas al estrés. Su energía viaja hasta la parte de la corteza cerebral que está cerca del sistema límbico, el cerebro más primitivo; por lo que la parte del cerebro que funciona para tomar decisiones, solucionar problemas o pensar con claridad, se queda sin energía.

Con este nivel de activación el funcionamiento intelectual y el manual no responden, porque existe mucha tensión. Entonces, se te rompen los platos, se te caen las cosas, se te olvida que tienes que ir a recoger al niño… Él aprovecha esta situación para decir: “¿Ves? Estás trastornada, no sabes hacer nada, todo lo estropeas…”. Y ella se mira al espejo y llega a pensar: “Pues va a tener razón, porque la que está desquiciada soy yo…”.

En definitiva, la violencia psicológica ataca a la autoestima y, por desgracia, no deja señales visibles, por lo que es muy difícil de probar en un tribunal o en un juzgado. Pero, es tan deleznable, peligrosa, delictiva y repudiable como la física.

 



14 marzo 2018

Aclad participa en la jornada: ‘No seas cómplice. Explotación y trata’, en la Universidad de León


 El Salón de Grados de la Facultad de Derecho de la Universidad de León (ULE) acogerá mañana, jueves 15 de marzo,  la segunda jornada del I Ciclo sobre ‘Género, Diversidad Sexual y Derecho’, bajo el título: ‘No seas cómplice. Explotación y trata’.

A lo largo del día, intervendrán ponentes de diversas asociaciones leonesas y de varios grupos de investigación de la ULE ; todos ellos directamente relacionados con esta temática.

Se celebrarán cuatro mesas redondas para el análisis de la prostitución y la trata, desde numerosas perspectivas.

La trabajadora social de Aclad, Noemí de la Puente, participará en la tercera mesa, que versa sobre la intervención social. Podrá exponer, gracias a su dilatada experiencia en este campo, cómo es su labor diaria en el programa LUA de esta ONG; atendiendo a personas que ejercen la prostitución.



14 febrero 2018

Aclad conmemora el Día Europeo de la Salud Sexual


Hoy, 14 de febrero, no solo se festeja San Valentín; también se celebra el Día Europeo de la Salud Sexual. El objetivo de esta efeméride es concienciar a la población de la importancia de informarse y de cuidar las prácticas sexuales, con la finalidad de disfrutar de una sexualidad saludable.



2 febrero 2018

Qué hacer si sospechas haberte expuesto al VIH


La especialista en enfermedades infecciosas, Carmen Hinojosa Mena-Bernal, en su consulta del Hospital Clínico Universitario de Valladolid./A.C.M

Aclad ha entrevistado a la doctora especialista en medicina interna del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, Carmen Hinojosa Mena-Bernal, acerca del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH).

Uno de los aspectos a tratar fue la denominada profilaxis post-exposición (PEP), un tratamiento antirretroviral que se utiliza, a corto plazo, para reducir la probabilidad de infección por el VIH después de haber tenido conductas de riesgo.

“Si has practicado sexo sin preservativo y, a posteriori, tu ‘pareja’ te dice que es VIH, debes contactar inmediatamente con un profesional sanitario”, recalca Carmen Hinojosa. En este caso, el facultativo tendría que administrarte un tratamiento antirretroviral, el cual se suministra a las personas que no están infectadas pero que, sin embargo, se han sometido a una situación de riesgo. “De ese modo, evitamos que desarrollen la posible infección”.

¿Cuándo debe iniciarse la profilaxis post-exposición?

Los pacientes tendrían que acudir al hospital antes de 48-72 horas, transcurridas después de la presunta exposición al virus. Aunque, cabe destacar que lo ideal es que vengan en menos de ese intervalo de tiempo; puesto que los datos indican que cuanto antes se inicie el tratamiento, mayor es la probabilidad de éxito. “Suele ser común que alguien haya tenido una relación sexual un viernes y venga el lunes al mediodía. En ese caso, sí que les damos la medicación; aunque se les advierte de que ésta va a ser menos eficaz”, sostiene la especialista.

¿En qué consiste?

La persona debe tomar medicación antirretroviral, vía oral, durante 28 días. El correcto cumplimiento del ciclo significaría una intervención efectiva, pudiendo detener la infección. “En el transcurso de ese tiempo les realizamos diagnósticos de serologías, en los que se ve si están o no infectados. Luego, al cabo de un mes se vuelven a repetir las pruebas”, detalla.

Otros casos en los que se debería recurrir a la PEP

Si, de manera accidental, te pinchas con una jeringuilla abandonada en la vía pública, también, se pondría un tratamiento profiláctico para evitar la posible infección. El virus en una aguja desaparece en pocas horas, dependiendo de la temperatura y la humedad a la que haya estado expuesta. “Pero, el problema es que tú nunca sabes cuál ha sido el uso que se le ha dado, ni cuándo éste ha tenido lugar”, afirma Mena-Bernal.

Asimismo, el pinchazo se puede producir en el ámbito sanitario mientras se realizan determinadas intervenciones médicas (extracciones de sangre infectada con el VIH o una punción lumbar); “por lo que, ante esta situación, cuanto antes se tomen los fármacos, mejor”.

“Recuerda que si vas a tener una relación sexual siempre debes protegerte poniendo las medidas oportunas”. De ese modo, evitarás la transmisión tanto del VIH como de cualquier otro tipo de Infección de Transmisión Sexual (ITS).

“Nunca digas no al empleo del preservativo”, concluye la doctora Hinojosa.

 

 

 



18 enero 2018

‘Por una sociedad libre de violencia de género’


En los siguientes vídeos, subidos a nuestro canal de Youtube, ofrecemos información útil destinada tanto a mujeres víctimas de violencia machista; como a aquellas personas que forman parte de su entorno.

Resulta de gran relevancia asumir, en la vida cotidiana, algunos hábitos de seguridad como pueden ser:

 


Fuente: Ministerio de Sanidad Servicios Sociales e Igualdad.



30 diciembre 2017

Muerta en vida


Capítulo 1: Bajo la piel de un “príncipe azul”

Mujer víctima de violencia de género, imagen vía ABC.es

Ángela (nombre ficticio) ha decidido contar a Aclad sus vivencias como víctima de violencia de género. Su finalidad es clara: “Quiero ayudar, en la medida de lo posible, a todas aquellas mujeres que están sufriendo un auténtico calvario, el mismo por el que he pasado yo”, afirma con convicción.

Al inicio de la conversación transmitía una actitud hermética. Parecía llevar consigo una coraza, con la que protegerse de sus aún patentes miedos. Tras recibir indicaciones sobre este reportaje, realizado bajo el más riguroso anonimato y respetando sus condiciones, de forma paulatina, no quedaba ya nada de aquella persona con carácter aparentemente férreo y distante que apenas 20 minutos antes había entrado por la puerta…

“Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”

Ángela comenzó la relación con su exmarido Diego (nombre ficticio) a los 21 años. “Era una persona encantadora, muy romántica y detallista: como un príncipe azul”, explica con detalle. La protagonista tuvo un noviazgo de cuatro años con este hombre. “Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”, afirma con rabia. Su pareja no la dejaba sola ni un instante, algo que a su familia le agradaba. “Qué buen yerno voy a tener, siempre pendiente de mi hija”, comentaba con frecuencia su padre; puesto que Ángela describe que Diego “era muy protector”. Ella estudiaba en la universidad y los fines de semana trabajaba de camarera, para así poder ayudar con los gastos de casa. Su novio permanecía en el bar de copas hasta el cierre y, a continuación, la acompañaba hasta su portal.

Con el paso del tiempo, sus amigas le dijeron que la notaban rara: vestía de forma más recatada, ya no era tan dicharachera y siempre daba largas a la hora de quedar para dar una vuelta o tomar algo… “Un día me preguntaron por el motivo de mi enfado”, confiesa. Pero la realidad era que no existía enojo alguno hacia ninguna de ellas, sino que Diego la aíslo completamente de todo su entorno y, también, la dijo en varias ocasiones que no vistiese tan extravagante porque parecía una furcia. “Solo me quería para él y ese comportamiento lo veía como una muestra de puro amor: de esos de película. Ahora es cuando me doy cuenta de todo lo que ha llegado a manipularme”.

La capacidad de transformar los “síes” en “noes”

Tras casi cuatro años de noviazgo decidieron irse a vivir juntos. Ángela ya había finalizado su carrera y encontró un trabajo relacionado con sus estudios. La empresa optó por realizarle un contrato indefinido, noticia que Diego no recibió con el júbilo que ella esperaba. “Fui corriendo a contarle la gran noticia pero, sin apenas escuchar todas las condiciones, me dijo que rechazara la propuesta porque con los ingresos que él generaba nos sobraba para vivir de forma airosa”. Él le argumentó que siempre habían soñado con tener hijos, por lo que si ambos trabajaban iba a ser complejo compaginar la vida familiar con la laboral. Asimismo, incidió en el hecho de que su jornada implicaba estar mucho tiempo fuera de casa y, como consecuencia, terminarían coincidiendo únicamente al final del día. Diego insistió en que era su reina y quería que viviera como tal. La protagonista reconoce que su novio era tan convincente y tenía tal poder sobre ella que era capaz de transformar sus “síes” en “noes” en cuestión de minutos. Su familia no comprendió tal decisión, máxime cuando el sueño de Ángela siempre había sido ejercer en algo relacionado con su titulación… Este hecho generó disputas, sobre todo con su madre, quien comenzó a desaprobar la actitud de su “yerno”. Veía que existía una relación “tóxica” y describía a su hija como “una marioneta que no era capaz de discernir, por sí misma, cómo tomar las riendas de su vida”. Ésto llegó a los oídos de Diego y fue tal su enfado que esos comentarios generaron un punto de inflexión en la armoniosa relación que mantenía con su familia política. “A partir de ese momento, siempre ponía trabas cuando le proponía visitarles. Ahora caigo en la cuenta de que me apartó de manera premeditada de ellos”, narra mientras comienzan a aflorarle lágrimas de sus ojos.

Al poco tiempo, Ángela se quedó embarazada. No tenía que guardar reposo alguno, puesto que todo marchaba bien; aún así apenas salía de casa en todo el día. Se dedicaba a realizar las labores del hogar; pero siempre estaba sola. En pocas ocasiones se puso en contacto con sus padres y hermanos, todo por miedo a represalias por parte de Diego… Un día la escuchó hablando con su madre y fue tal su enfado que la quitó el teléfono de las manos y colgó. “Se puso histérico y comenzó a dar puñetazos a la pared y a decirme que no le quería, que cómo podía seguir en contacto con una mujer que trataba de romper nuestra relación”.

Pese a su agresividad, desde que comenzaron su noviazgo, no le puso la mano encima en ninguna ocasión. Todos los hechos vividos se podrían catalogar como lo que los expertos denominan episodios de maltrato psicológico: chantajes, control, amenazas…

“Mi reina, no volverá a pasar…”

Los meses transcurrieron rápidamente y su pequeña Laura (nombre ficticio) llegó al mundo. Durante los primeros tres años la niña fue un motivo de ilusión y unión para la pareja, hasta que un día se produjo un suceso que cambió el rumbo de los acontecimientos… Cayó la noche y, como era habitual, Ángela estaba esperando a que Diego llegase de trabajar. Tenía todo a punto: la cena en la mesa y a Laura ya acostada. En esta ocasión, su habitual puntualidad brillaba por su ausencia. Optó por llamarle, pero su buzón de voz saltaba continuamente. “Comencé a preocuparme… Era casi la una de la madrugada y él siempre, ante cualquier imprevisto, me avisaba de que iba a llegar tarde. Se me ocurrió contactar con su compañero de trabajo, cuando de repente Diego apareció por la puerta.

Tras la respuesta, él le quitó el móvil de las manos y con amabilidad, e incluso entre bromas, se despidió de su compañero. Todo parecía normal, pero lo “inhumano” estaba aún por llegar… Al colgar, Diego comenzó a gritar como un energúmeno: “¿Qué pasa?, ¿has aprovechado que no estaba en casa para intentarte tirar a Félix “el soltero de oro” ?, ¿yo no te doy todo lo que tú quieres? Contesta, puta golfa…”. Ángela intentó explicarle lo acontecido, pero él no escuchaba e iba elevando su voz cada vez con mayor intensidad. De repente, la agarró con una fuerza descomunal del brazo, la empujó y fue tal la energía que brotó de su corpulento cuerpo que la tiró al suelo. La protagonista de este testimonio le pedía perdón incesantemente. “No sabía qué hacer, me bloqueé. Pensaba que llegados a esa situación su cólera había terminado”. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que empezó a darle patadas en el costado, mientras le escupía y llamaba guarra. De repente, Laura se puso a llorar. Diego levantó a su pareja tirándola del pelo, sin el más mínimo escrúpulo, y la condujo a la habitación de la pequeña gritándola: “No vales ni para cuidar hijos. Eres una inútil”.

Acto seguido, se fueron a “dormir”, aunque Ángela no logró conciliar el sueño en toda la noche. Sus ojos permanecieron abiertos como platos. Se encontraba en shock, en estado de alerta… El tiempo transcurría tan lentamente que los segundos parecían horas, como que las agujas del reloj se hubiesen parado…

Finalmente, sonó el despertador. “Yo decidí hacerme la dormida. Lo curioso es que él, como cada mañana, se dio media vuelta y comenzó a abrazarme y a darme besos como que no hubiese sucedido nada…”, afirma entre suspiros.

Ángela continuó petrificada, no se atrevía a mirarle a los ojos. Sentía una mezcla de dudas, miedo, impotencia… Sin pensárselo dos veces, se levantó de la cama y le preguntó: “¿Qué te pasó ayer, por qué me pegaste?”. Él caminó lentamente hacia ella, sostuvo con delicadeza sus manos y con mirada de arrepentimiento le dijo: “Estabas tonteando con Félix y sé que ese tío siempre te ha parecido atractivo. Mi reina, no te enfades, entiéndeme… Sabes que no quiero perderte. No volverá a pasar”, concluyó con una leve sonrisa en su rostro y dándole un beso en la frente.

“Si le denunciaba, pensaba que mi hija nunca me perdonaría haber metido a su padre en la cárcel”

Por desgracia, sus palabras cayeron en saco roto… Con el paso del tiempo, la situación no se recondujo, sino que el ambiente cada vez se presentaba más turbio. Los insultos se normalizaron en el día a día. “Me llamaba zorra, guarra, me decía que no valía para nada, que era una vergüenza, que no sabía ni cocinar…”, detalla la protagonista. Y esas faltas de respeto ya siempre iban acompañadas de golpes, empujones, patadas, bofetadas… “Yo, al principio, cuando empezaba a alterarse trataba de calmarle, pero me di cuenta de que dijera una cosa u otra el efecto era el mismo; por lo que opté por callarme y aguantar lo que me viniera”. Y es que Ángela estaba convencida de que ella tenía, en gran parte, la culpa de lo que estaba sucediendo y, por ello, justificaba el comportamiento de la que en ese momento era su pareja.

Los días no transcurrían “en balde”. Las heridas visibles y las no tan perceptibles la iban pasando factura. Cada vez estaba más delgada no le apetecía comer y, como consecuencia, carecía de fuerza física. También, el hecho de no poder desahogar su angustia y contar su situación a alguien le confería un plus de inestabilidad. “Hubiese sido muy fácil coger el móvil y llamar a algún familiar o amigo para pedir ayuda, pero me daba vergüenza. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación? No quería que nadie se enterase”.

Denunciar no entraba, ni por asomo, en sus planes. “¿Cómo iba a hacer eso? El día de mañana, mi hija nunca me perdonaría el haber metido a su padre en la cárcel”, explica la entrevistada quien añade que “no tenía nada ni a nadie tampoco para separarme, ¿de qué iba a vivir? Sin trabajo, sin hablarme con mi familia, sin casa…”. Ángela comenzó a sentirse mal en el transcurso de la entrevista, sus lágrimas se convirtieron en sollozos y empezó a hiperventilar. Aseguró encontrase bien para continuar con su testimonio, por lo que tras beber un poco de agua prosiguió…

 

Capítulo 2: Cuando sientes “dolor en el alma”

Servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género. / msssi.gob.es

Un día, Diego la propuso casarse por lo civil. Ella, sin pensárselo dos veces, aceptó. “Teniendo una hija, consideré que era lo más acertado”, asiente. El enlace fue rápido y discreto. El sueño de Ángela de vestirse de blanco e ir del brazo de su padre hasta el altar se hizo pedazos. No obstante, decidió avisar a sus familiares más allegados para que fueran partícipes del acontecimiento. Su padre, emocionado ante tal noticia, no lo dudó ni un instante y fue el único que quiso estar presente ese día. A pesar de que todos ignoraban la situación en la que se hallaba la protagonista, víctima de malos tratos, no aceptaban a Diego y tenían claro que no iban a integrarle en su entorno.

Ángela preparó una cena especial para celebrar su “noche de bodas” y trató de ambientar la casa con un toque romántico: velas, pétalos sobre la cama, música de fondo… Aprovechó la ausencia de Diego, que iba a ir a ver un partido de fútbol con unos amigos, para poder preparar todo y tenerlo a punto cuando llegase. La niña se quedó a dormir con sus suegros por lo que, a priori, nada ni nadie podía interrumpirles la velada.

Antes de lo esperado, Diego llegó a casa. Un tremendo portazo, que hizo vibrar los cristales de la galería que comunicaba con la cocina, alertó de su presencia. Ángela se dirigió al salón para recibirle. Nada más verla montó en cólera y se puso a gritar. “¿Para qué cojones has invitado a tu familia a nuestra boda sin consultarme? Te gusta sacarme de mis casillas, ¿eh?”, voceó mientras cogía los objetos que iba encontrando en su camino y se los arrojaba. Ella no sabía cómo resguardarse, se agachó y anduvo a gatas para refugiarse tras el sofá. Él fue a su encuentro, la tendió la mano para que se incorporara y, acto seguido, le propinó un puñetazo en la cara. Ángela no logró esquivarlo, pero se mantuvo en pie. Corrió hacia el baño y puso el pestillo. Su corazón latía a un ritmo frenético. “No sabía qué hacer. Estaba colapsada y mi cuerpo no me respondía”, explica entre profundos suspiros; mientras recuerda la imagen de Diego aporreando la puerta del servicio, cada vez con mayor intensidad. Finalmente, consiguió derribarla… Durante unos minutos interminables, su marido le dio una patada tras otra. “Creí que me iba a matar, pero finalmente paró y se fue de casa”.

La entrevistada permaneció tendida en el suelo. La paliza la había dejado una gran mella física. Intentó utilizar la bañera para erguirse, pero era incapaz de articular movimiento alguno. “Por primera vez tuve un sentimiento que desconocía hasta ese momento: Me dolía el alma…Sigo sin saber describir con palabras aquella sensación que, por desgracia, se ha reiterado en mi vida en más ocasiones”. Esa noche “durmió” en el cuarto de baño. El agotamiento, la ansiedad y el estado de alerta al que estuvo sometida la pasaron factura.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, Diego regresó a casa cargado de bolsas. “¿Dónde está mi reina?”, preguntó con voz dulce mientras tarareaba una canción. Ángela, pese a las molestias y los pinchazos que recorrían por todo su cuerpo, pegó un brinco y abrió el grifo para transmitir normalidad. Iba a refrescarse la cara, pero cuando se miró al espejo se quedó estupefacta… Su ojo izquierdo estaba hinchado, prácticamente cerrado, y tenía restos de sangre seca por todo el rostro. Su marido entró y, sin que la diera tiempo a reaccionar, notó un beso en su mejilla. “Cariño, ¿qué haces todavía así vestida? Vamos a la cocina, que he comprado chocolate con churros para la esposa más bella del universo”, afirmó sonriente. Nuestra protagonista se dispuso a desayunar y, pese a que no tenía fuerzas ni siquiera para articular palabra alguna, hizo un esfuerzo y le dijo: “Ayer casi me matas. Esto no puede seguir así…”. Diego, entre caricias, y con voz dulce le explicó que era por su bien, que tenía miedo a perderla por culpa de su familia. Ángela le pidió volver a ver a su padre, recuperar el contacto con sus amigas de toda la vida; sobre todo con Fátima. Su marido no puso objeción alguna… “De acuerdo, puedes retomar el contacto con tu antigua pandilla y ver a tu padre; pero primero recupérate un poco… No quiero que vean a mi reina así…”, sostuvo. Actuaba como que nada hubiese ocurrido. Su actitud dulcificada trataba de enmascarar la fiera que apenas diez horas antes podía haber terminado con su vida…

Relaciones sexuales “a punta de navaja”

El tiempo hizo que las heridas visibles cicatrizasen. Diego se ocupó de que su mujer no saliese de casa a llevar al colegio a su hija, ni siquiera a comprar el pan. Llamó a sus padres para que se hicieran cargo de la Laura unos días, argumentando que Ángela se había resbalado en la ducha y que el médico le había aconsejado reposo. “Ahora, sin la venda que cubría mis ojos, soy capaz de analizar con más claridad el pasado. Me tenía acorralada, es una persona calculadora y siempre va un paso por delante”, explica con la mirada perdida.

Transcurrieron aproximadamente dos semanas “en calma”, tiempo que Ángela aprovechó para intentar retomar el contacto con dos de sus mejores amigas de la infancia y con su padre. Aunque no les narraba absolutamente nada de lo que la estaba sucediendo, el oír su voz y charlar sobre cosas anecdóticas le conferían un chute de energía. Los malos tratos se fueron reavivando de manera progresiva. Los hábitos de Diego cambiaron. “Aparecía en casa a las tantas borracho y me despertaba porque quería sexo. Ante mi negativa, se ponía violento y empezaba a darme bofetadas y a zarandearme como si fuese un objeto”, relata. La protagonista admite que no quería mantener relaciones sexuales ante esa situación y menos sin utilizar ningún método anticonceptivo. Intentaba evitar que la tocara, pero él comenzaba a desnudarla en contra de su voluntad y, en ocasiones, ante tal resistencia, sacaba una navaja del pantalón y la amenazaba con matarla…

“Papá, deja a mamá, no le hagas daño”

Tras casi nueve años de convivencia, tuvo lugar un episodio que marcó un antes y un después en esta relación tóxica. Fue la gota que colmó el vaso…

Diego apareció en casa al mediodía, antes de la hora habitual a la que comían. “Hoy no he ido a trabajar. Me he tomado la mañana libre para ver qué hacías y he comprobado que me estás poniendo los cuernos, zorra. ¿Creías que no te iba a ver hablando en el supermercado con el vecino? Por eso te gusta hacer tanto la compra, guarra.”, vociferó Diego delante de la hija de ambos. Ángela le intentó explicar que el hombre estaba casado y era el marido de una de las madres del colegio, pero sin poder terminar la frase, vio como cogió un cuchillo situado encima de la mesa y se dirigió hacia ella. “Se acabó, te lo he dado todo y, ¿es así como me lo pagas?”. La menor se puso a llorar y comenzó a gritar: “Papá, deja a mamá, no le hagas daño”. Pero él hizo caso omiso… La dio un empujón contra la pared y la abofeteó incesantemente. Arrojó el arma blanca por los aires y tomó un palo de trekking, que vio en el paragüero. Continuó apaleándola sin compasión alguna, hasta que Laura se interpuso entre los dos. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre su madre para protegerla, mientras la abrazaba temblorosa y entre llantos. Diego se detuvo y de la rabia golpeó la vitrina del mueble del salón rompiendo prácticamente todo el ajuar que Ángela conservaba con especial cariño… Acto seguido, se oyó la cerradura de la puerta principal. La entrevistada pidió a la niña que le pasara el móvil y marcó el número de una de sus amigas, a quien pidió que se acercara con el coche cuanto antes hasta su domicilio. Mientras hablaba observó aquella escena: a su hija de ocho años desolada y de rodillas, rodeada de trozos de cristal… “Esa imagen hizo que brotara en mí la vitalidad necesaria para moverme, a pesar de no tenerme en pie”. La protagonista echó la cadena, por si Diego regresaba.

Sonó el timbre… Antes de abrir se aseguró, a través de la mirilla, de quien llamaba. Era Fátima, acompañada de su marido. Su amiga no daba crédito a lo que estaba viendo, pero no era momento de explicaciones. Ángela le pidió que la acompañara al centro de salud y que llevara a la niña con su abuelo. Ese día no fue la vitrina lo único que se hizo pedazos…

“Ver a mi hija así fue la herida más dolorosa”

En la mente de Ángela transitaban multitud de sentimientos enfrentados: vergüenza, vacío, humillación… Acudió al centro de salud junto a su amiga, quien no se separó de ella ni un instante. Tras contar todo lo sucedido al médico de familia, éste le derivó al hospital para que la realizaran las pruebas pertinentes y, de ese modo, cerciorarse de la repercusión interna de los golpes sufridos. Estaba llena de heridas, cicatrices, moratones de todos los colores… Tenía al menos dos costillas rotas, que la dificultaban respirar; pero, en ese momento, su mayor fractura resultaba invisible a los ojos de cualquier persona. “No paraba de pensar en mi hija. Verla así fue la mayor de mis heridas, la más dolorosa”, asegura. Decidió ir a Comisaría y denunciar a Diego. “Me aseguró en reiteradas ocasiones que si algún día hablaba me mataría, pero solo me importaba el bienestar de Laura. No podía tolerar que viviera en esas condiciones”.

Su móvil comenzó a sonar, al sacarlo del bolso observó que tenía numerosas llamadas perdidas y WhatsApps de Diego, pero los obvió. Su decisión ya estaba tomada y “no había vuelta atrás”. La Guardia Civil, después de valorar el nivel de riesgo de Ángela, acudió al domicilio conyugal para arrestarle. Pasó la noche en calabozos hasta que se celebró, al día siguiente, el juicio rápido. Fátima contó a la familia de Ángela todo lo ocurrido. Todos se sentían culpables por no haber sospechado nunca nada, ni percibir el más mínimo indicio de violencia…

“Las medidas cautelares no son suficientes”

El fallo judicial dictaminó, hace apenas 13 meses, la guardia y custodia de los hijos a la madre, una orden de alejamiento de 300 metros y la prohibición de comunicarse con ella. La protagonista considera que las medidas cautelares no son suficientes. Confiesa sentir miedo y falta de protección. “Voy por la calle mirando hacia atrás. Pienso que en cualquier momento puede venir a por mí”. Diego ya se ha saltado la orden de alejamiento varias veces, pero no tiene pruebas para demostrarlo… “Me ha enviado mensajes para pedirme una segunda oportunidad, pero como bien dice mi psicóloga: la oportunidad me la tengo que dar primero a mí misma”.

La entrevistada necesita asimilar muchas cosas e intentar reencontrarse con aquella chica de 21 años extrovertida, risueña, que solo pensaba en “comerse el mundo” … En estos momentos, se encuentra volcada en su hija, quien acude a terapia. “Temo que le queden secuelas, después todo lo vivido”. Tras horas de entrevista, Ángela tuvo que despedirse, ya que tenía que asistir a una sesión de grupo con otras mujeres víctimas de violencia de género.

“Aunque no lo creas agradezco mucho haber charlado. Me viene bien desahogarme, lo necesito. Parece que lo voy superando, pero aún tengo mucho peso sobre mis espaldas, un peso que debo descargar si quiero seguir adelante y no sentirme muerta en vida”.



13 diciembre 2017

Muerta en vida: Cuando sientes “dolor en el alma”


Capítulo 2: Cuando sientes “dolor en el alma”

Servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género. / msssi.gob.es

Un día, Diego la propuso casarse por lo civil. Ella, sin pensárselo dos veces, aceptó. “Teniendo una hija, consideré que era lo más acertado”, asiente. El enlace fue rápido y discreto. El sueño de Ángela de vestirse de blanco e ir del brazo de su padre hasta el altar se hizo pedazos. No obstante, decidió avisar a sus familiares más allegados para que fueran partícipes del acontecimiento. Su padre, emocionado ante tal noticia, no lo dudó ni un instante y fue el único que quiso estar presente ese día. A pesar de que todos ignoraban la situación en la que se hallaba la protagonista, víctima de malos tratos, no aceptaban a Diego y tenían claro que no iban a integrarle en su entorno.

Ángela preparó una cena especial para celebrar su “noche de bodas” y trató de ambientar la casa con un toque romántico: velas, pétalos sobre la cama, música de fondo… Aprovechó la ausencia de Diego, que iba a ir a ver un partido de fútbol con unos amigos, para poder preparar todo y tenerlo a punto cuando llegase. La niña se quedó a dormir con sus suegros por lo que, a priori, nada ni nadie podía interrumpirles la velada.

Antes de lo esperado, Diego llegó a casa. Un tremendo portazo, que hizo vibrar los cristales de la galería que comunicaba con la cocina, alertó de su presencia. Ángela se dirigió al salón para recibirle. Nada más verla montó en cólera y se puso a gritar. “¿Para qué cojones has invitado a tu familia a nuestra boda sin consultarme? Te gusta sacarme de mis casillas, ¿eh?”, voceó mientras cogía los objetos que iba encontrando en su camino y se los arrojaba. Ella no sabía cómo resguardarse, se agachó y anduvo a gatas para refugiarse tras el sofá. Él fue a su encuentro, la tendió la mano para que se incorporara y, acto seguido, le propinó un puñetazo en la cara. Ángela no logró esquivarlo, pero se mantuvo en pie. Corrió hacia el baño y puso el pestillo. Su corazón latía a un ritmo frenético. “No sabía qué hacer. Estaba colapsada y mi cuerpo no me respondía”, explica entre profundos suspiros; mientras recuerda la imagen de Diego aporreando la puerta del servicio, cada vez con mayor intensidad. Finalmente, consiguió derribarla… Durante unos minutos interminables, su marido le dio una patada tras otra. “Creí que me iba a matar, pero finalmente paró y se fue de casa”.

La entrevistada permaneció tendida en el suelo. La paliza la había dejado una gran mella física. Intentó utilizar la bañera para erguirse, pero era incapaz de articular movimiento alguno. “Por primera vez tuve un sentimiento que desconocía hasta ese momento: Me dolía el alma…Sigo sin saber describir con palabras aquella sensación que, por desgracia, se ha reiterado en mi vida en más ocasiones”. Esa noche “durmió” en el cuarto de baño. El agotamiento, la ansiedad y el estado de alerta al que estuvo sometida la pasaron factura.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, Diego regresó a casa cargado de bolsas. “¿Dónde está mi reina?”, preguntó con voz dulce mientras tarareaba una canción. Ángela, pese a las molestias y los pinchazos que recorrían por todo su cuerpo, pegó un brinco y abrió el grifo para transmitir normalidad. Iba a refrescarse la cara, pero cuando se miró al espejo se quedó estupefacta… Su ojo izquierdo estaba hinchado, prácticamente cerrado, y tenía restos de sangre seca por todo el rostro. Su marido entró y, sin que la diera tiempo a reaccionar, notó un beso en su mejilla. “Cariño, ¿qué haces todavía así vestida? Vamos a la cocina, que he comprado chocolate con churros para la esposa más bella del universo”, afirmó sonriente. Nuestra protagonista se dispuso a desayunar y, pese a que no tenía fuerzas ni siquiera para articular palabra alguna, hizo un esfuerzo y le dijo: “Ayer casi me matas. Esto no puede seguir así…”. Diego, entre caricias, y con voz dulce le explicó que era por su bien, que tenía miedo a perderla por culpa de su familia. Ángela le pidió volver a ver a su padre, recuperar el contacto con sus amigas de toda la vida; sobre todo con Fátima. Su marido no puso objeción alguna… “De acuerdo, puedes retomar el contacto con tu antigua pandilla y ver a tu padre; pero primero recupérate un poco… No quiero que vean a mi reina así…”, sostuvo. Actuaba como que nada hubiese ocurrido. Su actitud dulcificada trataba de enmascarar la fiera que apenas diez horas antes podía haber terminado con su vida…

Relaciones sexuales “a punta de navaja”

El tiempo hizo que las heridas visibles cicatrizasen. Diego se ocupó de que su mujer no saliese de casa a llevar al colegio a su hija, ni siquiera a comprar el pan. Llamó a sus padres para que se hicieran cargo de la Laura unos días, argumentando que Ángela se había resbalado en la ducha y que el médico le había aconsejado reposo. “Ahora, sin la venda que cubría mis ojos, soy capaz de analizar con más claridad el pasado. Me tenía acorralada, es una persona calculadora y siempre va un paso por delante”, explica con la mirada perdida.

Transcurrieron aproximadamente dos semanas “en calma”, tiempo que Ángela aprovechó para intentar retomar el contacto con dos de sus mejores amigas de la infancia y con su padre. Aunque no les narraba absolutamente nada de lo que la estaba sucediendo, el oír su voz y charlar sobre cosas anecdóticas le conferían un chute de energía. Los malos tratos se fueron reavivando de manera progresiva. Los hábitos de Diego cambiaron. “Aparecía en casa a las tantas borracho y me despertaba porque quería sexo. Ante mi negativa, se ponía violento y empezaba a darme bofetadas y a zarandearme como si fuese un objeto”, relata. La protagonista admite que no quería mantener relaciones sexuales ante esa situación y menos sin utilizar ningún método anticonceptivo. Intentaba evitar que la tocara, pero él comenzaba a desnudarla en contra de su voluntad y, en ocasiones, ante tal resistencia, sacaba una navaja del pantalón y la amenazaba con matarla…

“Papá, deja a mamá, no le hagas daño”

Tras casi nueve años de convivencia, tuvo lugar un episodio que marcó un antes y un después en esta relación tóxica. Fue la gota que colmó el vaso…

Diego apareció en casa al mediodía, antes de la hora habitual a la que comían. “Hoy no he ido a trabajar. Me he tomado la mañana libre para ver qué hacías y he comprobado que me estás poniendo los cuernos, zorra. ¿Creías que no te iba a ver hablando en el supermercado con el vecino? Por eso te gusta hacer tanto la compra, guarra.”, vociferó Diego delante de la hija de ambos. Ángela le intentó explicar que el hombre estaba casado y era el marido de una de las madres del colegio, pero sin poder terminar la frase, vio como cogió un cuchillo situado encima de la mesa y se dirigió hacia ella. “Se acabó, te lo he dado todo y, ¿es así como me lo pagas?”. La menor se puso a llorar y comenzó a gritar: “Papá, deja a mamá, no le hagas daño”. Pero él hizo caso omiso… La dio un empujón contra la pared y la abofeteó incesantemente. Arrojó el arma blanca por los aires y tomó un palo de trekking, que vio en el paragüero. Continuó apaleándola sin compasión alguna, hasta que Laura se interpuso entre los dos. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre su madre para protegerla, mientras la abrazaba temblorosa y entre llantos. Diego se detuvo y de la rabia golpeó la vitrina del mueble del salón rompiendo prácticamente todo el ajuar que Ángela conservaba con especial cariño… Acto seguido, se oyó la cerradura de la puerta principal. La entrevistada pidió a la niña que le pasara el móvil y marcó el número de una de sus amigas, a quien pidió que se acercara con el coche cuanto antes hasta su domicilio. Mientras hablaba observó aquella escena: a su hija de ocho años desolada y de rodillas, rodeada de trozos de cristal… “Esa imagen hizo que brotara en mí la vitalidad necesaria para moverme, a pesar de no tenerme en pie”. La protagonista echó la cadena, por si Diego regresaba.

Sonó el timbre… Antes de abrir se aseguró, a través de la mirilla, de quien llamaba. Era Fátima, acompañada de su marido. Su amiga no daba crédito a lo que estaba viendo, pero no era momento de explicaciones. Ángela le pidió que la acompañara al centro de salud y que llevara a la niña con su abuelo. Ese día no fue la vitrina lo único que se hizo pedazos…

“Ver a mi hija así fue la herida más dolorosa”

En la mente de Ángela transitaban multitud de sentimientos enfrentados: vergüenza, vacío, humillación… Acudió al centro de salud junto a su amiga, quien no se separó de ella ni un instante. Tras contar todo lo sucedido al médico de familia, éste le derivó al hospital para que la realizaran las pruebas pertinentes y, de ese modo, cerciorarse de la repercusión interna de los golpes sufridos. Estaba llena de heridas, cicatrices, moratones de todos los colores… Tenía al menos dos costillas rotas, que la dificultaban respirar; pero, en ese momento, su mayor fractura resultaba invisible a los ojos de cualquier persona. “No paraba de pensar en mi hija. Verla así fue la mayor de mis heridas, la más dolorosa”, asegura. Decidió ir a Comisaría y denunciar a Diego. “Me aseguró en reiteradas ocasiones que si algún día hablaba me mataría, pero solo me importaba el bienestar de Laura. No podía tolerar que viviera en esas condiciones”.

Su móvil comenzó a sonar, al sacarlo del bolso observó que tenía numerosas llamadas perdidas y WhatsApps de Diego, pero los obvió. Su decisión ya estaba tomada y “no había vuelta atrás”. La Guardia Civil, después de valorar el nivel de riesgo de Ángela, acudió al domicilio conyugal para arrestarle. Pasó la noche en calabozos hasta que se celebró, al día siguiente, el juicio rápido. Fátima contó a la familia de Ángela todo lo ocurrido. Todos se sentían culpables por no haber sospechado nunca nada, ni percibir el más mínimo indicio de violencia…

“Las medidas cautelares no son suficientes”

El fallo judicial dictaminó, hace apenas 13 meses, la guardia y custodia de los hijos a la madre, una orden de alejamiento de 300 metros y la prohibición de comunicarse con ella. La protagonista considera que las medidas cautelares no son suficientes. Confiesa sentir miedo y falta de protección. “Voy por la calle mirando hacia atrás. Pienso que en cualquier momento puede venir a por mí”. Diego ya se ha saltado la orden de alejamiento varias veces, pero no tiene pruebas para demostrarlo… “Me ha enviado mensajes para pedirme una segunda oportunidad, pero como bien dice mi psicóloga: la oportunidad me la tengo que dar primero a mí misma”.

La entrevistada necesita asimilar muchas cosas e intentar reencontrarse con aquella chica de 21 años extrovertida, risueña, que solo pensaba en “comerse el mundo” … En estos momentos, se encuentra volcada en su hija, quien acude a terapia. “Temo que le queden secuelas, después todo lo vivido”. Tras horas de entrevista, Ángela tuvo que despedirse, ya que tenía que asistir a una sesión de grupo con otras mujeres víctimas de violencia de género.

“Aunque no lo creas agradezco mucho haber charlado. Me viene bien desahogarme, lo necesito. Parece que lo voy superando, pero aún tengo mucho peso sobre mis espaldas, un peso que debo descargar si quiero seguir adelante y no sentirme muerta en vida”.

 

 

 

 



12 diciembre 2017

Muerta en vida: Bajo la piel de un “príncipe azul”


Capítulo 1: Bajo la piel de un “príncipe azul”

Mujer víctima de violencia de género, imagen vía ABC.es

Ángela (nombre ficticio) ha decidido contar a Aclad sus vivencias como víctima de violencia de género. Su finalidad es clara: “Quiero ayudar, en la medida de lo posible, a todas aquellas mujeres que están sufriendo un auténtico calvario, el mismo por el que he pasado yo”, afirma con convicción.

Al inicio de la conversación transmitía una actitud hermética. Parecía llevar consigo una coraza, con la que protegerse de sus aún patentes miedos. Tras recibir indicaciones sobre este reportaje, realizado bajo el más riguroso anonimato y respetando sus condiciones, de forma paulatina, no quedaba ya nada de aquella persona con carácter aparentemente férreo y distante que apenas 20 minutos antes había entrado por la puerta…

“Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”

Ángela comenzó la relación con su exmarido Diego (nombre ficticio) a los 21 años. “Era una persona encantadora, muy romántica y detallista: como un príncipe azul”, explica con detalle. La protagonista tuvo un noviazgo de cuatro años con este hombre. “Estaba muy enamorada de él, tanto que no veía la realidad”, afirma con rabia. Su pareja no la dejaba sola ni un instante, algo que a su familia le agradaba. “Qué buen yerno voy a tener, siempre pendiente de mi hija”, comentaba con frecuencia su padre; puesto que Ángela describe que Diego “era muy protector”. Ella estudiaba en la universidad y los fines de semana trabajaba de camarera, para así poder ayudar con los gastos de casa. Su novio permanecía en el bar de copas hasta el cierre y, a continuación, la acompañaba hasta su portal.

Con el paso del tiempo, sus amigas le dijeron que la notaban rara: vestía de forma más recatada, ya no era tan dicharachera y siempre daba largas a la hora de quedar para dar una vuelta o tomar algo… “Un día me preguntaron por el motivo de mi enfado”, confiesa. Pero la realidad era que no existía enojo alguno hacia ninguna de ellas, sino que Diego la aíslo completamente de todo su entorno y, también, la dijo en varias ocasiones que no vistiese tan extravagante porque parecía una furcia. “Solo me quería para él y ese comportamiento lo veía como una muestra de puro amor: de esos de película. Ahora es cuando me doy cuenta de todo lo que ha llegado a manipularme”.

La capacidad de transformar los “síes” en “noes”

Tras casi cuatro años de noviazgo decidieron irse a vivir juntos. Ángela ya había finalizado su carrera y encontró un trabajo relacionado con sus estudios. La empresa optó por realizarle un contrato indefinido, noticia que Diego no recibió con el júbilo que ella esperaba. “Fui corriendo a contarle la gran noticia pero, sin apenas escuchar todas las condiciones, me dijo que rechazara la propuesta porque con los ingresos que él generaba nos sobraba para vivir de forma airosa”. Él le argumentó que siempre habían soñado con tener hijos, por lo que si ambos trabajaban iba a ser complejo compaginar la vida familiar con la laboral. Asimismo, incidió en el hecho de que su jornada implicaba estar mucho tiempo fuera de casa y, como consecuencia, terminarían coincidiendo únicamente al final del día. Diego insistió en que era su reina y quería que viviera como tal. La protagonista reconoce que su novio era tan convincente y tenía tal poder sobre ella que era capaz de transformar sus “síes” en “noes” en cuestión de minutos. Su familia no comprendió tal decisión, máxime cuando el sueño de Ángela siempre había sido ejercer en algo relacionado con su titulación… Este hecho generó disputas, sobre todo con su madre, quien comenzó a desaprobar la actitud de su “yerno”. Veía que existía una relación “tóxica” y describía a su hija como “una marioneta que no era capaz de discernir, por sí misma, cómo tomar las riendas de su vida”. Ésto llegó a los oídos de Diego y fue tal su enfado que esos comentarios generaron un punto de inflexión en la armoniosa relación que mantenía con su familia política. “A partir de ese momento, siempre ponía trabas cuando le proponía visitarles. Ahora caigo en la cuenta de que me apartó de manera premeditada de ellos”, narra mientras comienzan a aflorarle lágrimas de sus ojos.

Al poco tiempo, Ángela se quedó embarazada. No tenía que guardar reposo alguno, puesto que todo marchaba bien; aún así apenas salía de casa en todo el día. Se dedicaba a realizar las labores del hogar; pero siempre estaba sola. En pocas ocasiones se puso en contacto con sus padres y hermanos, todo por miedo a represalias por parte de Diego… Un día la escuchó hablando con su madre y fue tal su enfado que la quitó el teléfono de las manos y colgó. “Se puso histérico y comenzó a dar puñetazos a la pared y a decirme que no le quería, que cómo podía seguir en contacto con una mujer que trataba de romper nuestra relación”.

Pese a su agresividad, desde que comenzaron su noviazgo, no le puso la mano encima en ninguna ocasión. Todos los hechos vividos se podrían catalogar como lo que los expertos denominan episodios de maltrato psicológico: chantajes, control, amenazas…

“Mi reina, no volverá a pasar…”

Los meses transcurrieron rápidamente y su pequeña Laura (nombre ficticio) llegó al mundo. Durante los primeros tres años la niña fue un motivo de ilusión y unión para la pareja, hasta que un día se produjo un suceso que cambió el rumbo de los acontecimientos… Cayó la noche y, como era habitual, Ángela estaba esperando a que Diego llegase de trabajar. Tenía todo a punto: la cena en la mesa y a Laura ya acostada. En esta ocasión, su habitual puntualidad brillaba por su ausencia. Optó por llamarle, pero su buzón de voz saltaba continuamente. “Comencé a preocuparme… Era casi la una de la madrugada y él siempre, ante cualquier imprevisto, me avisaba de que iba a llegar tarde. Se me ocurrió contactar con su compañero de trabajo, cuando de repente Diego apareció por la puerta.

 

Tras la respuesta, él le quitó el móvil de las manos y con amabilidad, e incluso entre bromas, se despidió de su compañero. Todo parecía normal, pero lo “inhumano” estaba aún por llegar… Al colgar, Diego comenzó a gritar como un energúmeno: “¿Qué pasa?, ¿has aprovechado que no estaba en casa para intentarte tirar a Félix “el soltero de oro” ?, ¿yo no te doy todo lo que tú quieres? Contesta, puta golfa…”. Ángela intentó explicarle lo acontecido, pero él no escuchaba e iba elevando su voz cada vez con mayor intensidad. De repente, la agarró con una fuerza descomunal del brazo, la empujó y fue tal la energía que brotó de su corpulento cuerpo que la tiró al suelo. La protagonista de este testimonio le pedía perdón incesantemente. “No sabía qué hacer, me bloqueé. Pensaba que llegados a esa situación su cólera había terminado”. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que empezó a darle patadas en el costado, mientras le escupía y llamaba guarra. De repente, Laura se puso a llorar. Diego levantó a su pareja tirándola del pelo, sin el más mínimo escrúpulo, y la condujo a la habitación de la pequeña gritándola: “No vales ni para cuidar hijos. Eres una inútil”.

Acto seguido, se fueron a “dormir”, aunque Ángela no logró conciliar el sueño en toda la noche. Sus ojos permanecieron abiertos como platos. Se encontraba en shock, en estado de alerta… El tiempo transcurría tan lentamente que los segundos parecían horas, como que las agujas del reloj se hubiesen parado…

Finalmente, sonó el despertador. “Yo decidí hacerme la dormida. Lo curioso es que él, como cada mañana, se dio media vuelta y comenzó a abrazarme y a darme besos como que no hubiese sucedido nada…”, afirma entre suspiros.

Ángela continuó petrificada, no se atrevía a mirarle a los ojos. Sentía una mezcla de dudas, miedo, impotencia… Sin pensárselo dos veces, se levantó de la cama y le preguntó: “¿Qué te pasó ayer, por qué me pegaste?”. Él caminó lentamente hacia ella, sostuvo con delicadeza sus manos y con mirada de arrepentimiento le dijo: “Estabas tonteando con Félix y sé que ese tío siempre te ha parecido atractivo. Mi reina, no te enfades, entiéndeme… Sabes que no quiero perderte. No volverá a pasar”, concluyó con una leve sonrisa en su rostro y dándole un beso en la frente.

“Si le denunciaba, pensaba que mi hija nunca me perdonaría haber metido a su padre en la cárcel”

Por desgracia, sus palabras cayeron en saco roto… Con el paso del tiempo, la situación no se recondujo, sino que el ambiente cada vez se presentaba más turbio. Los insultos se normalizaron en el día a día. “Me llamaba zorra, guarra, me decía que no valía para nada, que era una vergüenza, que no sabía ni cocinar…”, detalla la protagonista. Y esas faltas de respeto ya siempre iban acompañadas de golpes, empujones, patadas, bofetadas… “Yo, al principio, cuando empezaba a alterarse trataba de calmarle, pero me di cuenta de que dijera una cosa u otra el efecto era el mismo; por lo que opté por callarme y aguantar lo que me viniera”. Y es que Ángela estaba convencida de que ella tenía, en gran parte, la culpa de lo que estaba sucediendo y, por ello, justificaba el comportamiento de la que en ese momento era su pareja.

Los días no transcurrían “en balde”. Las heridas visibles y las no tan perceptibles la iban pasando factura. Cada vez estaba más delgada no le apetecía comer y, como consecuencia, carecía de fuerza física. También, el hecho de no poder desahogar su angustia y contar su situación a alguien le confería un plus de inestabilidad. “Hubiese sido muy fácil coger el móvil y llamar a algún familiar o amigo para pedir ayuda, pero me daba vergüenza. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación? No quería que nadie se enterase”.

Denunciar no entraba, ni por asomo, en sus planes. “¿Cómo iba a hacer eso? El día de mañana, mi hija nunca me perdonaría el haber metido a su padre en la cárcel”, explica la entrevistada quien añade que “no tenía nada ni a nadie tampoco para separarme, ¿de qué iba a vivir? Sin trabajo, sin hablarme con mi familia, sin casa…”. Ángela comenzó a sentirse mal en el transcurso de la entrevista, sus lágrimas se convirtieron en sollozos y empezó a hiperventilar. Aseguró encontrase bien para continuar con su testimonio, por lo que tras beber un poco de agua prosiguió…

(Continuará)

 

 

 

 

 



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